La venganza de Myriam

Vivía con Cristina en una de las mejores direcciones del campus: Duke Dormitory. Los cuartos eran espaciosos y uno se podía despertar cinco minutos antes de clase y llegar a tiempo, corriendo por entre magnolios. En primavera, el aire era húmedo y las flores pálidas hacían eco a las camisas de los estudiantes. Sonrientes nos saludaban de lejos y sólo faltaba que sus nombres aparecieran en el cielo azul de las Carolinas, como títulos de una película de matinée.

Nuestra cohabitación resultaba en un sinnúmero de beneficios para mí: café cubano a diario, unos treinta pares de zapatos en mi talla y un inmenso frasco de abejas esculpidas sobre cristal, lleno de una colonia con la que Cristina se rociaba copiosamente.

Casi no logro recordarla en algo que no fuera almidonado, sin polvos en su nariz respingada, sin colorete en sus mejillas redondas. Jamás salía de su cuarto antes de soltar un manojo de cadenas y aretes que guardaba en una cajita de cuero azul, con sus iniciales repujadas en dorado.

Cuando llegaban los meses cálidos, planchaba religiosamente sus vestidos de lino en una mesita portátil y usaba sombreros de paja. Al correr mi segundo año, se dedicaba al estudio de Martí y a un grupo de teatro experimental dirigido al estilo japonés, al que aportaba una versión dark del poema "La Niña de Guatemala."

Habíamos arreglado el cuarto como un salón abierto y propicio a las humaredas de cigarrillos y de una estufa clandestina en donde se preparaban café cubano y moros y cristianos para festivales folclóricos implícitos en nuestras becas. Una franja autoadhesiva de flores azules daba la vuelta al cuarto y unos cojines de flores muy, muy grandes, regalos de una tía rubia y alhajada residente de la ciudad de Charlotte, reposaban sobre el piso.

Viví varios meses con ella sin sospechar siquiera el beneficio mayor de ser su compañera de cuarto: las cajas que mandaba su cuñada, una dama llamada como cierta heroína de Televisa, dueña de una generosidad sin límites. Brenda era una cubana elegantísima de lo más exquisito de Miami, con un carácter volátil del cual el hermano mayor de Cristina se había enamorado. Brenda era bonita al estilo de una muñeca. Tenía los labios muy bien delineados y pintados de rojo y le gustaban las cosas de pepas. Como una Blanca Nieves cubana.

Brenda caminaba demasiado rápido como para ser alcanzada por su perfume o por la moda en general y se aburría rápido de las cosas. Entonces las metía en una gran caja y las mandaba por correo. La caja llegaba hasta nuestro cuarto en espaldas de varios hombres. Nos acababa de llegar una bastante grande cuando comenzamos a ver los volantes de la última fiesta de disfraces, llamada Tacky Party.

Antes de abrir la caja, Cristina dispuso dos canastas para echar lo que iba sacando. La división se hacía bajo los criterios "formal" y "de disfraz."

Un conjuntito blanco de lino con botones dorados y bordes verde loro vacilaba entre canastas. La blusa quedó en "formal," pero en la esquina de "queda por verse" con su fila de botones brillantes queriéndose salir, con un cierto aire militar.

Algunos días, por entre los pastizales verde claro, los magnolios y los cerezos silvestres, que daban flores en varias gamas de rosado, y perfumaban el aire de una dulzura que lo hacía a uno olvidar de todo, veíamos a algunos de nuestros compañeros ensayar maniobras militares en uniformes camuflados. Practicaban varias formaciones y a veces se les veía transportarse de árbol en árbol por cuerdas.

Poco a poco nos fuimos acostumbrando a oír los ecos de sus canciones bajo nuestra ventana a horas tempranas de la madrugada, y hasta casi dejamos de notarlos. Pero razones para asomarnos por la ventana nunca faltaban. Desde manadas nudistas al galope, hasta un Jesús de Nazaret con la cruz a cuestas, perseguido por romanos y romanas en sandalias de goma, gritándole oprobios en inglés contemporáneo.

Y tal universidad, campus sin mayor peligro, no sólo tenía estudiantes del ejército que a veces iban a clase en uniforme, sino una benévola fuerza de seguridad que se desplazaba en carritos de tres ruedas por entre las praderas. Los oficiales tenían orden de transportar a los alumnos de un lugar a otro, a cualquier hora.

Jamás había yo sentido tan poco riesgo de atraco como en las pequeñas calles del pueblo de Davidson, pero me acostumbré al servicio, hasta que un día, el conductor tomó aire, y me indicó con su mejor dicción que ellos no eran ningún servicio de taxi.

Cristina no aprovechaba el transporte intrauniversitario sino en la semana de trabajos finales, cuando entraba en ciclos de trasnocho e inspiración de varios días. Estos resultaban en obras de teatro—a veces en lenguas que no hablaba—, análisis de los efectos políticos del tango, o estudios de las plantas comestibles que se daban en los jardines de la universidad. En su delirio de fin de semestre, no salía a la calle sino en la más absoluta discreción para evitar encuentros indeseados con profesores a los que les debía trabajo. Vaya uno a saber por qué, en este paraíso pastoril, el tiempo corría a unas velocidades nunca antes sospechadas. Tratábamos de detenerlo de todas las maneras posibles sin éxito alguno.

A veces en esas salidas clandestinas divisaba a un pequeño perro ahogado en su collar, al galope tendido tras un profesor, atlético estudioso que alguna vez había declarado a Cristina "parte de la clase que era parte del problema de Guatemala".

Sin embargo, las divisiones trazadas por éste no eran nada en comparación con cierta esquina del edificio de clases, sede de una guerra fría a la latinoamericana. De un lado, afiches huelguistas guatemaltecos, cuya dueña consideraba nuestras becas como una jugada sucia de la derecha. Al frente, una foto de Castro con Kadafi con la siguiente leyenda: "El Diablo los crea y ellos se juntan."

La segunda oficina albergaba los tesoros idiomáticos de España, los andes y el Caribe y a un profesor cubano que enseñaba sin afán, en unas conversaciones que ninguna de sus partes se atrevía a terminar. El profesor H había dedicado su vida al estudio de la alquimia y tenía el universo entero dividido en dos: lo barroco y lo neoclásico. Pintaba listas en el tablero, listas que seguimos alargando de por vida. La del barroco empezaba con "América latina" y la de "lo neoclásico", con el mundo desarrollado. Y continuaba lo barroco: la ironía, la nostalgia, la culpa católica, el tráfico latinoamericano, los zapatos de la señorita, las enredaderas perennes y las telenovelas. Seguía lo neoclásico: el sarcasmo, la honestidad protestante, la lógica, las tablas de Excel, el ballet, la elegancia minimalista, lo funcional, la prosa limpia y poderosa de Hemingway, Pink Floyd y los cardúmenes de sardinas. Cada vez que íbamos a su oficina jurábamos lealtad vitalicia e incondicional a la primera lista, mientras desempolvábamos los libros con un plumero amarillo de plumas sintéticas.

No obstante, por fuera de estos recovecos ofrecedores de Latinoaméricas para todos los gustos, el continente, representado por las tres alumnas latinas de la universidad, no se dividía. Si una de nosotras era hija de exilados cubanos en Guatemala, otra venía de una primera infancia bajo una férrea dictadura del Cono Sur, y una tercera, de una ciudad atacada en esa época por el terrorismo apolítico de las drogas, en esta universidad, fuera del segundo piso, éramos el continente mismo.

Una tarde Cristina había vuelto de clases y yo le informé que había aceptado por las dos ir a un colegio privado de Charlotte para hablar de nuestro querido continente. No era tan fácil decir que no, y el discurso del clima ecuatorial nos lo sabíamos a la perfección: cerca del centro del mundo las hojas no se caían, la nieve jamás se derretía, la lluvia no paraba, y el sol no dejaba de brillar, eso sí, dependiendo de donde uno estuviera parado. Y que eso pasaba cuando uno estaba en el ombligo del mundo: la tierra podía bailar en su eje todo lo que quisiera, sin ser capaz de marcar el paso del tiempo en el paisaje. Y, para terminar, cuando la tierra sacaba el pecho al sol, metía la cadera y por eso a los del sur les daba frío en agosto.

Cuando llegamos al "Día Mundial" de un colegio privado de Charlotte, no nos esperaba un salón de clase, sino un teatro entero. El programa decía "Bienvenidos al Día Mundial"—Por América Latina: Nuestros nombres—. Una vez que las dos estuvimos en el podio, yo, de los nervios, presenté a Cristina como una experta en todos los asuntos relacionados con Latinoamérica, capaz de contestar "a cualquiera de sus preguntas", a lo que ella respondió con un Whatever que retumbó por los altoparlantes. Creo que por esta mala pasada nunca me logró perdonar del todo.

Para la muy esperada fiesta nos preparamos con la misma tranquilidad que para el "Día Mundial". Si mal no estábamos, lo tacky era un concepto universal, y nosotras teníamos material de sobra, "para tirar con onda," como se dice en Guatemala.

"Tacky, lobo, mañé, grasa, cholero," juntamos palabras de varios países y pusimos manos a la obra un sábado por la tarde. Yo opté por un atuendo que se pondría Myriam, la estrictísima profesora de sociales de mi colegio, un ser absolutamente cartesiano, muy dado al orden y a la clasificación, pero de una libertad cromática impresionante: pantalón de paño fucsia, camisa morada de unas mangas que nacían fruncidas en los hombros y seguían pegadas por el antebrazo. Completé el atuendo con un enredo de pelo considerable, y un maquillaje que me añadía unos buenos quince años de edad. Cristina se forró en lycra y se cruzó un collar de pepas de Mardi Gras en el pecho, muy a lo revolucionaria mexicana, con pepas en vez de balas.

Profesora de sociales e insurgente de Nueva Orléans empa caron cigarrillos, pintalabios y salieron para la fiesta. Allí comenzaron a darse cuenta de lo que era ser tacky en los Estados Unidos. Nadie salió con un suéter de conejos y huevos gigantes, por ejemplo. Sólo veíamos salir a las Barbarellas, las princesas Leia, los afros, las chaquetas de peluche y los pantalones bota campana. Era como si hubiéramos entrado a la película equivocada. Esta parecía de esos especiales americanos de media noche, cuyo doblaje siempre hacen las mismas voces mexicanas. Algo verdaderamente grandioso.

Se nos acercó un Chewbacca ebrio, seguramente alguno de nuestros alumnos de español.
—Te ves muy bien—me dijo—, qué elegancia, como te viniste de arreglada. Y me abrió unos ojos simiescos demasiado sinceros y llenos de admiración.

—Y tú Cristina, te ves tan, tan sexy.

Este representante de la era del disco nos había dejado frías. Nos quedamos mirándolo.

—Alma de Dios —declaró Cristina—. Para ella, el campus estaba lleno de tales espíritus.

—Vámonos —le dije—, indignadísima, como cuando Myriam ya no resistía el desorden que le hacíamos en clase mientras nos daba la espalda y pintaba sus cuadros sinópticos—.

—No, no —me contestó mi amiga—. —Mejor ten un cigarrillo—. Prendimos unos Malboro 120 de esos de tallo largo que duran y duran, y nos bebimos dos cervezas tibias en unos vasos de colores, que parecían haber sobrado de la fiesta de cumpleaños de un gigante.

Todos nuestros amigos forrados en poliéster se portaron muy corteses. Para algo les estaban pagando esa universidad: para aprender de otras culturas. Al final de la noche, Myriam se fumó medio paquete y aprendió varias coreografías disco y Cristina se agarró a besos con un amigo de Chewbacca. Al otro día nos recuperamos introspectivas y olorosas a nicotina, dispuestas a leer todo lo que nos faltaba para llegar al lunes. La noche fue larga y la camisa con bordes verde loro tuvo que esperar,
colgando de la canasta formal, para ser reclasificada más adelante.

Contributor

Constanza Jaramillo Cathcart

Constanza Jaramillo Cathcart works as a teacher and writer in Brooklyn.

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